Una vez, conocí a un chico que tenía ojos verdes misteriosos y una rara personalidad reflejada en ellos. Era tan pero tan atípico que me causaba curiosidad.
Él me dijo que deseaba conocer mi mundo, que quería adentrarse en el… Y yo le dije lo mismo.
Desde ese día quedé atrapada en su misterioso mundo de falsas ilusiones, en sus hermosos ojos y en él.
Todavía no pude volver.
Las cosas no son tan difíciles, los difíciles somos nosotros. Nos gusta complicarlo todo.
Hay historias que jamás empiezan (o jamás terminan de empezar) y que, sin embargo, nunca terminan. Jamás avanzan y aún así nunca dejan de moverse. No sucede nada pero siempre está ocurriendo todo.
Hay…
Imagino que es el tiempo, la distancia y se complica. Simplemente puede ser otro universo, una realidad de cielos grises, luego celestes con nubes moribundas al calor del mediodía. Supongo que de alguna manera vemos el mismo cielo y en algún lado en el infinito nuestros pensamientos se cruzan como ondas de radio viajando lentamente hacía el vacío.
Ha de existir un agujero gris por ahí, sin tiempo, ni espacio, ni gravedad, ni sentido ya. Ahí habitan las ideas de lo que es el existir, tan simple, tan llano… como un prado y un tronco viejo y vacío.
Pienso en la luna y el reloj, el sombrero, los días de lluvia son ajenos a una noche estrellada, la oscuridad escapa de la luna llena, pienso en cuanto resplandece la luz de tu pensamiento entre esa constelación terrenal que son las luces, las más brillantes, de aquellas personas especiales.




